Había una vez una aldea de castores que vivían cerca de una presa, aquel lugar era hermoso, lleno de plantas, arboles y otros animales del bosque, en esta aldea vivía una familia de castores que amaban todos los sonidos.
Ellos se pasaban sus tardes en silencio, poniendo atención a
todos los sonidos que se escuchaban en las noches y los identificaban de tres
maneras.
Los sonidos que hacía el viento cuando golpeaba o rozaba
cualquier elemento del bosque los llamaban sonidos de viento.
A los sonidos que se producían cuando se golpeaban dos
elementos en el bosque los llamaban de percusión.
Y los que se producían cuando algo rozaba consecutivamente a
las enredaderas de los árboles les llamaban sonidos de cuerda.
Un día el castor más pequeño de la familia, al que le
encantaban los sonidos de viento salió a explorar, cuando se sentó a descansar
pensó: -¿Y si me como lo del interior de esta caña? Se ve tan delicioso, -y
cuando se lo comió la dejo tirada y se acostó a descansar, después de un rato,
aburrido, nuestro amigo pensó -¿Y si le soplo a la caña? Probablemente se
produzca un sonido de viento, -cuando le soplo el sonido que produjo, le
encanto; entonces, pensó hacerle otro agujero por arriba a la caña, tras
haberlo hecho le soplo y ahora le gusto más el sonido, por lo que prosiguió a
hacerle más agujeros y así paso la tarde, en total le hizo ocho agujeros por
arriba a aquel palo y regreso a su casa.
El castorcito pequeño, pasaba las tardes jugando con su caña
a la que nombro flauta, creando sonidos muy bonitos que a todos en la aldea les
encantaban, y a veces en las tardes cuando se sentaba a descansar y veía alguna
caña muy apetitosa se la comía por dentro y luego le hacía agujeritos para
después regalárselo a algún amigo.
Pronto casi toda la aldea tenía una flauta, aunque los sonidos eran muy similares cada uno lo tocaba de diferente manera, y en un abrir y cerrar de ojos, la flauta se volvió para cada castor un instrumento de identidad que llevaban consigo a cualquier lugar.
Este instrumento era casi como su tarjeta de presentación,
pues no solo el sonido que reproducía era representativo de cada castor, sino
también la forma en que estaba decorado, como lo llevaban e incluso como lo
tomaban cuando iban a usarlo.
Pero un día algo raro paso, las flautas empezaron a
desaparecer y nadie sabía porque, la aldea que antes estaba llena de sonidos
alegres poco a poco se empezó a silenciar; indudablemente a los habitantes de
la aldea les inquietaba que su aldea que antes había estado llena de sonido
hermosos ahora eran pocos los sonidos que podían percibir.
Por lo que un día entre ellos hicieron un comité de búsqueda
de flautas, varios castores se reunieron e idearon un plan y comisiones de
castores para buscar las flautas que faltaban en la aldea, buscaron por todos
los rincones e interrogaron a cualquier posible sospechoso, pero no dieron ni
con una pista de lo que estaba pasando, así que, muy a su pesar, se rindieron
ante aquella consigna.
Mientras tanto, las flautas cada vez iban perdiéndose más y
más hasta llegar al punto que solo unos cuantos castores precavidos y
cuidadosos conservaban su flauta, entre todos ellos el castorcito pequeño que
las fabricaba; este tenía la primera flauta que había fabricado consigo y a
ausencia de las demás flautas, tenía muchos pedidos.
Sin embargo, por ser este tan pequeño no se daba abasto para
fabricar tantas flautas como la demandaba la aldea, por lo que los aldeanos
optaron por ir siempre a su casa a escuchar el sonido de la flauta para
deleitarse.
Pero, sin más, un día amaneció y el castorcito no encontró
más su flauta, sus papás preocupados la buscaron por todos lados, en su casa,
en el parque, incluso en la presa, pero no encontraron nada; y así pasaron los
días y los hermosos sonidos que las flautas producían iban desapareciendo poco
a poco.
Hasta que un día un zorro que se dedicaba a vender tiliches
llegó a la aldea con una bolsa enorme de flautas. Aquel zorro mercader que iba
de aldea en aldea, un día después de visitar una de ellas, al atravesar el
bosque y guiado por un sonido muy bonito llego a una montaña de flautas, aunque
miraba hacía todos lados nunca pudo encontrar a alguien que las resguardará,
por lo que, decidió meterlas en sus bolsas ya vacías de la mercancía que
anteriormente había vendido en la reciente aldea a la que había visitado.
Siempre las llevaba consigo y las ofrecía a donde iba, pero
nunca nadie estaba interesado en ellas porque no sabía que eran y para que
servían, hasta que un día un conejo que visitaba mucho la presa que habían
construido los castores, le recomendó visitar su aldea, pues el había visto
cuan populares eran en aquel lugar.
Así que cuando llegó al lugar y vacío sus bolsas de
mercancía, todos los castores se quedaron asombrados, eran todas y cada una de
las flautas que habían perdido, cada uno reconoció la suya.
Lo que siguió no fue tan agradable para nuestro amigo zorro,
pues el había pensado en traer grandes ganancias de aquella aldea, pero no se
imaginaba que los castores lo iban a incriminar como el ladrón de flautas.
Aquella acusación era muy grave, pues la flauta representaba
para ellos uno de los instrumentos más preciados por lo que contaba, por lo
que, para los castores, escuchar la versión del zorro no les convencía del
todo.
Mientras tanto, nuestro amigo castorcito que era un animalito de noble corazón le fue difícil ver a aquel animalito enjuiciado y sin pruebas que prometió que si lo dejaban libre el se comprometería a hacerles una flauta más a cada aldeano para remediar el problema.
Pero todos pensaban si ya tenemos una flauta no necesitamos
otra, necesitamos un castigo para que este zorro escarmiente y ya no intente
robarnos más.
Todos los argumentos que el castorcito proponía, los demás
los respondían con argumentos para enjuiciar al zorro.
Hasta que el castorcito no pudo más y se encerró en su
cuarto sin querer comer, ni tocar su flauta ni fabricar más flautas.
Sus papás que sabían que tenían un castorcito de buen
corazón, no les pareció nada extraño que este intentará defender al zorro, lo
que les parecía raro era su comportamiento posterior, por lo que cuando mamá
entro a hablar con él, aquel animalito no pudo más y tuvo que confesar a su
mamá todo lo que había pasado, el mismo cansado de que la flauta sea un
instrumento de identidad de los demás habitantes y teniendo tantas demandas
para fabricar, ya no podía disfrutar de sus tardes de solo tocar su flauta, por
lo que pensó que si no todos tenían flauta esta dejaría de ser tan importante
para todos y ya no le pedirían fabricar tantas.
Cuando los papás del castorcito explicaron lo que había
sucedido, lo comprendieron y liberaron al zorro, también buscaron aprender
ellos mismos a fabricarlos para no abrumar a aquel castorcito que con mucho
amor les había presentado el primer instrumento de sonido en la aldea de los
castores.
Y colorín colorado, este cuento no ha acabado.
Continuará...
Por Diana Arredondo
Glosario
Instrumentos
Instrumentos de viento
Instrumentos de percusión
Instrumentos de cuerdas


